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EL RINCÓN DE BENEDETTI.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.

miércoles, 29 de junio de 2011

EL ESPEJO DE MI ALMA

El espejo del alma


Tengo por cara un espejo
En el que se mira mi alma
Y tan extraño me veo…
Qué ni conozco mi cara.
Que no es espejo de nada.
M.B.C


La picaresca del engaño consiste en simular las intenciones de mi reflejo exterior, de fingir una alegría que no siento, una seguridad de la que carezco. Consiste en fantasear con mi conciencia hasta llegar a la cordura del disparate. Dibujar la caricatura de una sonrisa mientras en el espejo de mi alma tan solo vislumbro el solitario reflejo de dos lágrimas. Tan solo son un par de lágrimas indolentes. Una de impotencia. La otra, de anhelos inconfesables, pero suficientes para organizar la defensa. Comienzo por la retaguardia, cubriendo mi espejo con una sábana blanca. Después, continuo por los flancos y con el mismo escudo níveo me protego de pensamientos sin voz, sin ecos que repiten lo inconfesable. Tras luchas fugaces y contiendas extremas, la sábana aguanta en su lugar, protectora de controvertidas polémicas, la que mas miedos suaviza, capaz de aportar paz, aliviar sentimientos de culpabilidad, ablandar el muro de piedra erigido sobre el basamento de mi cobardía.
¡Espejo opaco de mi alma! donde se emperezaban los cuerpos más bellos, donde el sol sonreía sin atreverse a entrar. El lugar de nunca jamás donde pude ser feliz y llorar y bailar, el mismo lugar donde otros tan solo sintieron la soledad del poderoso. El lugar perdido, ocupado, ayer y hoy, por otros reflejos que cultivan otras flores, o quizá no cultiven ninguna, que sentirán con distintos corazones y tendrán otra manera de amar y ser amados.

miércoles, 22 de junio de 2011

ALTERABLE Y VERSATIL; LA VIDA


Me pregunto por qué el ser humano convive en un miedo constante por aceptar los cambios impredecibles e irremediables de nuestro instinto.
Por qué no superamos el sentimiento de culpabilidad al cambiar de opinión.
¿Por qué tenemos que ser distintos al entorno en el que coexistimos?
La naturaleza perdura gracias a una transformación cíclica e incesante. Las estaciones se superponen, se solapan unas a otras en una danza natural. El nacimiento de las flores da paso a la floración y en un devenir innato, se concibe la caída de las hojas que no es más que el principio de la austeridad invernal, es el anuncio de la ausencia total de calor y color, la ninfa de lo que tan solo unos meses antes eran matices y brotes de vida.
Sin los cambios de estado, el mundo tal y como lo conocemos, no existiría. El agua se transforma en hielo o se evapora perdiéndose en las nubes para regenerarse entre los ríos y los mares y volver a ser. El gusano realiza un periplo de mutación hasta llegar a extender sus alas decorativas explorando cada instante de su existencia.
Entonces, me pregunto, la razón por la que el ser humano siente miedo a cambiar de sentimientos o de parecer. “Eres mi alma gemela”, “no podría vivir sin ti” “ ya te amaba antes de conocerte”. En tantas ocasiones estas afirmaciones han salido desde lo más profundo del corazón pero en muy pocas ocasiones han sido técnicamente exactas. Somos parte de un mundo en constante movimiento, versátil, cambiante. Sobrevivimos con mutaciones cíclicas e infinitas y nos guste o no reconocerlo, cambiamos de pareceres y de amigos. Nuestro cuerpo no deja de transformarse desde el momento de nuestro nacimiento hasta que dejamos de respirar. Necesitamos cambios de look, machacamos a nuestro cuerpo con cambios físicos constantes, ahora estoy gorda, ahora delgada, ahora cambio el color del pelo, me lo corto y después me lo alargo. Es parte de nuestra naturaleza, de nuestra forma de pensar y de actuar. Lo que un día nos hacía reír, otro nos hace llorar. Nuestras perspectivas pasan el testigo a otras prioridades.
Quizá es esta la razón de ir en contra de nuestra propia natura. Lo hacemos cada vez que intentamos mantener una relación o una misma opinión perdurable en el tiempo. Es imposible luchar por intentar que un amor duradero en el tiempo permanezca inmutable durante 20 años. Si la relación no permuta con el discurrir del tiempo, el vínculo se debilita hasta disiparse.
Es este nuestro mayor fracaso, luchar para no cambiar, pelear por mantener un imposible.
Los amores duraderos no son fruto de una reacción sino de la capacidad del ser humano de odiar y de amar, de ser capaces de entender esta mutabilidad y de respetarla. El amor longevo deja un huella tras de sí de sufrimiento por perdurar, de inclinarse al otro, de preservar el pasado a pesar de las dudas y las decepciones. Pero esta lucha por sobrevivir no es una manera de existir. Es como un pelotón de ciclistas, siempre hay uno más fuerte que los demás que encabeza la carrera y tras él siempre el segundo cuya misión es chupar rueda y mantener al resto del pelotón fuera de su alcance. Si hay perdedores y ganadores nunca aceptaremos el cambio y la relación se embalsamará.
Mientras que el ser humano limite el discurrir de sus vidas a la capacidad de subsistir estáticos en el tiempo en detrimento de todo aquello que atenta al cambio constante, solo conseguiremos inventar un imposible que convertirá cada día en una miserable existencia.
¡Y la vida es tan corta! ¿No merece la pena cambiar con ella?