RECUPERAR SU ESPLENDOR



Miguel Delives escribió “no somos las gentes quienes reclamamos las cosas a un lugar, es el lugar quien nos impone la fuerza de sus cosas”.
Es esta sensación, la que yo sentí, cuando atravesé la cancela de esa casa con vistas al mar. Una puerta que llevaba décadas atravesando, pero nunca, hasta ahora, la sentí mía.
Quizá mi llegada fuera una coincidencia o quizá una premonición, pero una imponente luna, llena de colores púrpuras, henchida de luz, me dio la bienvenida. Y este grandioso espectáculo me acompañaba en los primeros días del resto de mi vida, entendiendo estas palabras como mucho más que una frase manida, es, literalmente mi nueva realidad.
Ese astro, sin luz propia, se desperezaba poco a poco, emergiendo de un mar azulado y carente de límites. Sentí pudor, al compartir con los dos protagonistas, ese instante mágico. Un astro distanciándose, línea a línea de su mar, dejándose ir, vacilante, para posarse sobre las aguas donde nace cada atardecer. Retraído al principio,va perdiendo, poco a poco, la timidez vespertina, hasta convertirse en Luna Llena, erguida y atrevida.
Mirando al cielo cambiante, entre pinceladas de rojos violáceos y anaranjados, disfruté de un paisaje imposible de plasmar más que en mi mente. El mar imponía su fuerza, su cadencia al son del reflejo de la luna, envolviendo la semioscuridad en su ímpetu y sus rumores vitales transformaban los nimios y múltiples detalles de cada día para hacerlos realmente únicos.
Por la ventana abierta divisé el momento, consciente que esta visión duraría apenas un suspiro. Una luna hincándose en las crestas de las olas para no olvidar su sabor. Los aromas húmedos, cargados de brisas marinas y de jazmines abiertos en la noche, reavivaban mis nostalgias, creando una armoniosa melodía. Cada nota de palpitante realidad, solapaba a la siguiente, impregnada de un implícito pasado, acomodando cada recuerdo en su justo lugar, cada rincón en su espacio, solapándose todos para recuperar el esplendor de antaño. Nuevos brotes de ilusiones renacían de aquellas risas infantiles, del aroma a bizcocho y arroz con leche, de charlas bajo las palmeras, o soñolientos graznidos de gaviotas. Empapados de alegría y calma, de felicidad e ilusiones, comenzábamos a crear sin destruir.
El tiempo parecía haberse detenido en aquella época de risas y griterío como si nada hubiera sucedido, pero todo era radicalmente distinto.
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Tan divergente, como estas aguas que me despiertan cada mañana y me adormecen cada noche, las que siempre me atrajeron hasta su vera, tan impertérritas como mutantes. Hoy encuentro un porqué a preguntas olvidadas en mis angustias. Todas ellas tenían respuestas, aunque no fueran las que yo esperaba.
Y la misma reflexión del inicio se mantiene inalterable al final. Es el lugar el que nos impone su fuerza y su rutina, la atracción de la luz, el aroma que nos llena los pulmones de aire limpio. Es, esta noche y esta luna, tan grandiosa como efímera, inconmovible, que al compás de las mareas, jura fidelidad a esta tierra de música y susurros, de óperas, siempre inacabadas.
Hoy, comparto mi esperanza y también mi espera, porque ahora no hay prisas ni pausas. Hoy, testigo de esta inmensidad, tomo conciencia de la insignificancia del ser humano, de lo efímero de nuestra existencia. Siento que ellos tierra y agua, perdurarán al mañana de los hijos de mis nietos y entonces, se repetirá esta misma sensación de extinción ante la eterna y armónica seducción de un mar inmenso y su luna, henchida de luz.

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