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EL RINCÓN DE BENEDETTI.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.

domingo, 8 de julio de 2012

REGENERACIÓN

La luna llena imponente, como si el mismo Dios la hubiera llenado de luz, iluminaba un mar limpio, sereno, brillante, con sus crestas plateadas bailando entre las mareas, meciéndose con la suave brisa de una noche cálida de Mayo. Un océano impertérrito, una inmensidad de silencios, tan solo acompañados por el sonido de las olas rompiendo en el acantilado. EL paisaje, ajeno a las miserias humanas, adentraba a la ojerosa mujer, en una efímera paz, una calma chicha. Estas sensaciones eran tan fugaces como sus momentos de sosiego. Su cuerpo dolorido, sus ojos cansados, su corazón cuarteado de tanto quebrarse, le recordaban, que a pesar de aquella perfección contemplativa, sus penurias no parecían importar a nadie. Abandonada a su suerte, ni siquiera Dios parecía escuchar sus plegarias, incluso la eternidad de aquel lugar era insensible a la mezquindad de sus días y a la perversidad de sus noches. Pero a pesar de ello, Lidia mantenía su fe, buscaba su armonía interior, con la esperanza de que sus oraciones fueran escuchadas. Aquella noche, contemplando la intermitente masa de agua, abandonó en algún recodo de su mundo, la fe en su Creador, y comprendió por fin, que solo podía terminar con tanta ignominia, luchando por su derecho a ser feliz, arrancando de raíz cualquier vestigio de esta demoníaca convivencia . Había tocado techo. Necesitaba una señal, sentir que el cielo y las estrellas la mecían.Escuchó la violencia de las olas rompiendo en el acantilado y tembló como una hoja al viento recordándolo, machacando toda su ira contra ella, como el oleaje sobre los riscos en la noche de luna llena.Pero su cuerpo no era una roca impertérrita. El desgaste y la erosión explosionaba en cada fibra de su ser recordando sus palabras: “quien siembra vientos, recoge tempestades”. La brisa marina le susurró la salida, no más cobardía, no era culpable, tan solo víctima de sus calamidades. El problema no era su comportamiento,tan solo su condena. Tenía que romperse, abrazar la luz y volar. Las gotas del mar mojando su derruido rostro, el implacable resonar de las olas, su virulenta colisión contra el escollo, le animaron a caer. Como si no fuera ella, sintió el vacío sobre su cuerpo ingrávido y se dejó llevar. En un eco lejano, escuchó la sentencia: "Si no eres mía, no serás de nadie". Pero el tiempo y su cuerpo se habían detenido en medio de la nada,esperando encontrar otra vida,otros sueños. La visión de la luna, era la de sus inconfesables secretos, la de su gélida voz, la puntería de sus puños asestando el golpe en la zona más vulnerable de su cuerpo y el sabor de la sangre.La visión continuaba descargando su ira sobre un cuerpo indefenso, como si estuviera apaleando un saco de patatas y ella sentía que no era nada, un trozo de carne envilecido y putrefacto. Seguía cayendo mientras su imaginación fantaseaba tan lejos como el infinito océano, evocando otra vida sin verdugos, ni víctimas, un mundo de respeto y confianza, una existencia, en la que sonreír no era pecado. Escuchó el tañido de las campanas de la ermita, parecían llamar a las almas en pena como la suya. A punto de convertirse en luz, comenzó a vagar por su reciente pasado, el que la llevó a ser nada, a dormir junto a su cruel enemigo, su perverso carcelero, su sádico martirizador. Quién sospecharía que, un hombre de tan elevada posición social, tremendamente correcto, se convertía en una alimaña una vez llegada la noche. Sin motivos, por el puro placer de someter, de experimentar la sensación del poderoso. Quién podría entender que, una mujer como ella, de educación exquisita e independiente, soportaría convivir con un inquisidor. A quién confesar que el infierno existe en esta vida. Aprendió muy pronto a camuflar su situación, a lamerse sus miedos y su dignidad, a gemir en soledad, como un animal apaleado. La casa del acantilado se convirtió en una tumba de 500 metros cuadrados. Aislados del mundo, atada a él,llamaba a su cárcel,“Sangri–La. Un paraíso perdido y la aterradora realidad, el infierno donde él imponía su fuerza. Un cautiverio sin más testigos que el cielo azul y el aceitunado mar. Aquel lugar, era el cementerio de su emancipación. Revivió la velada, el último invitado, el beso del adiós, su risa distendida y ajena a la reacción. No intuyó su semblante gélido, como un témpano de hielo hasta que pronunció la frase, principio del horror; “Quien mal anda, mal acaba”. Ahora, caía más deprisa, sus extremidades eran más etéreas, mientras la fiera aullaba y aquellas manos poderosas cruzaban su cara, vociferando incongruentes reproches sobre su magullado cuerpo.Del comportamiento más correcto al más vil, del galán educado al fantoche más grotesco, de la ternura a la mezquindad, de la pasión a la deshonra y el horror. Y allí, un nuevo principio del fin, a los pies de la cama apareció el lobo hambriento de sangre y venganza y murió el hombre cariñoso y tierno. Sintió un duro impacto y el agua anegando sus pulmones. Percibió tan solo esperanza y vio la luz, cada vez más intensa. Escuchó un acompasado sonido que aumentó, hasta convertirse en una explosión de murmullos: " Ahora no, todavía no".... Recuperó ese dolor intenso ahondando en cada poro de su piel cuando vomitaba el aire que se abría paso hacia sus pulmones. Lloró de impotencia. Ni siquiera podía dejar de ser. Agarrada a un risco, en aquel mar que la devolvía a la vida, vio de nuevo el resplandor. La casa ardía como un pira funeraria. El humo negro ascendía llevándose los horrores y los secretos de aquella noche y de tantas otras. La niebla teñida de hollín disipó los miedos, el monstruo se convirtió en presa. Esta vez la sangre no fue la suya. Unas voces sobre el risco, ajenas a su presencia, relataban la tragedia. "Casi seguro que el incendio lo provocó una explosión de gas. Pobrecillos, debían estar dormidos, y no fueron conscientes del accidente. Tan jóvenes y llenos de vida, pero la muerte no hace distinciones.....". Bajo sus pies, indiferentes a la verdad, ella sabía que, la muerte en ocasiones, es justa. El agua salada, en constante movimiento, camuflaba una esperanza, desinfectaba las últimas heridas, purificando la conciencia de una mujer redimida que resucitaba a la vida.

5 comentarios:

Oski dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Tropiezos y trapecios dijo...

Si hay algo que de verdad me repugna y no soporto son los malos tratos. Me es más insoportable cuando son hacia mujeres o hacia niños...

No entiendo como el amor se puede tornar un día en agresividad, en ojos morados, en golpes, en ruina y miseria humana.

Ninguna mujer maltratada debería pensar nunca en saltar, lo merecido es que salte él, aunque a veces, ya ves, la vida hace justicia y a cada cerdo le llega su San Martín.

Te dejó una canción de Revólver que seguro conoces (:-) me dijiste que te encantaba Revólver) y que habla de esto, también te dejo otra de mi buen amigo canario Jesús Garriga que también habla de este tema.

Fuerte el abrazo Ely:

Revólver: Lo que Ana ve, http://www.youtube.com/watch?v=wmBpcrXvLZk

Jesús Garriga: Elena, http://www.youtube.com/watch?v=rJDHbF6hols

Oski

ely dijo...

Oski, gracias, siempre por tu apoyo y ójala,algún día, esta entrada no sea más que un relato de ficción.
Besazos.

Nessa dijo...

No sé como he llegado aquí pero me gusta poder ronronear un poquillo leyéndote...
Saludos.
Nessa

ely dijo...

Gracias Nessa, da igual cómo has llegado. Estás aquí. Bienvenida