EL PÁRAMO DE LA SOLEDAD


Ella tenía tendencia a la negatividad. Cada atardecer caminaba por el paseo de los ausentes, sin más compañía que su melancolía.
Nunca recordaba su pasado, tampoco imaginaba su futuro porque ayer fue igual que hoy y será lo mismo que mañana. Muy a su pesar, compartía sus "ayeres" y sus "mañanas" con dos compañeras que en todos estos años, se habían convertido en inseparables, la ansiedad y la confusión.
Los cuatro puntos cardinales de su mundo limitaban con sus pensamientos, prudentes, estrechos y sombríos. Con solo ascender hasta su pequeño páramo de la soledad, divisaba la árida extensión de su condicionado y contemplativo universo, abarrotado de claro oscuros y nebulosas, pero tan aceptado en su propio rechazo que sentía seguridad entre sus cercas y sus chaflanes.
Entre tanta monotonía, guardaba en un pequeño cajón su mayor secreto. Cada día nacía y moría sin pena ni gloria, excepto por aquel escondido tesoro.
Ella tenía la fortuna de soñar despierta, era capaz de imaginar vidas apasionadas, a cerrar los ojos y volar a lugares de nunca jamás. Entre pasos vacíos y ascensos carentes de motivación, subía a ese páramo cada día y visionaba más alla de su norte y de su poniente, para fantasear historias de celuloide, empalagosos amores de ojos amielados y cuerpos fibrosos y dramas desmesurados. Y así las rutinas se transformaban en secuencias variables de inspiración, pasaporte con el que abandonar aquel pozo sin fondo y sin esperanza.
Pero ocurrió, que una mañana de otoño, un haz de luz perdido entró sin permiso por su ventana y al contactar con la oscuridad, explosionó como un big bang, los polos opuestos cohesionaron, y mágicamente, resplandores de luces se dispersaron, primero por toda la habitación, alcanzando en un solo instante, todo su universo.
Al fín comprendió que la realidad puede superar a la ficción, incluso aventajar sus sueños. Despertó de aquella ensoñación y abrió su cajón. Encontró esa mirada, una sonrisa, quiza el eco de su voz, o el susrro de sus labios o el olor de su piel, puede que descubriera todas las sensaciones en aquel rayo de luz y su mundo se convirtió en un cosmos de pasiones y colores, de llantos y risas, de conversaciones con la luna y juegos de amores y desamores y descubrió que hay vida después de la muerte.
5