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EL RINCÓN DE BENEDETTI.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.

martes, 13 de octubre de 2015

ESE REFUGIO PERSONAL E INTRANSFERIBLE



Sintió un frío invernal aquella calurosa noche de agosto.
En un sólo instante, se transportó a ese lugar sin nada, profundo y oscuro, lleno de silencios y miedos. Aquel reducto, de textura y olores ácidos, había conformado la inmensa mayoría de sus días y sus noches. Un rincón impenetrable, sumergido en la indigencia que produce el dolor de la pérdida.
Pero, inconscientemente, miró la fotografía que arrugaba entre sus llorosas manos. Observaba, a miles de kilómetros de distancia, el cambio de su sonrisa, abierta, espontánea como siempre, y al mismo tiempo, diferente, impregnada de madurez.
Sus ojos hablaban con esa intuición femenina que siempre le caracterizó. Esa mirada expresaba con más claridad que mil frases. Los pequeños remolinos de su flequillo, sinuosos, caían sobre sus sienes, mecidos por el vaivén del viento, entretenidos en cautivar. Su cuello alargado, como queriendo traspasar el horizonte, quería más. Saltar lejos, atrapar los sueños y madurar dentro de sus historias.
La lealtad a unos principios, esa tozuda constancia por cambiar y la facilidad de expresar todo y nada, consiguieron alumbrar la opacidad. Y como una cosa lleva a la otra, lo que comenzó siendo un nítido rayo de luz , fue creciendo lento, pero constante, hasta que otro rayo se cruzó en su camino. Empatizando con la soledad que allí imperaba, decidió quedarse para cambiar aquel rincón inerme. Y vaya si lo cambió. Donde antes había oscuridad, ahora existía un cielo estrellado donde acariciar los sueños dormidos.
Se había ido pero estaba, siempre permanecería.
La calidez estival le devolvió su recuerdo. Comprendió que así nacen los verdaderos refugios, los que se comparten para siempre, esos donde sentirse seguro, los que conforman el verdadero sentido de la vida. El refugio era su sonrisa, esa que siempre templó su alma. Encontraría la calma de nuevo cobijándose en esa mirada que tan sólo los soñadores comprenden, capaz de transmitir todas las sensaciones a través de su recuerdo. Sus melodías eran el lugar atemporal para guarecerse de la realidad. No había un principio, ni tampoco un final. No existían llaves que cerraran estancias y comprimieran ilusiones. Sólo el bastión donde entrelazar corazones y almas. Sin pensar en un mañana, tan sólo experimentar ternura y armonía, pasión y esperanza, imaginación y desenfreno.
Habían encontrado su morada, por fin.
La salvación que produce la libertad. El hogar que se guarda en un bolsillo, bien cerquita del corazón y te acompaña allá donde vayas.
Entonces se sintió más cerca de ella que nunca. Imaginó las olas caracoleando en el océano Atlántico y supo que ella estaba en casa.
Por fin, le hizo el regalo más grande, el milagro de solapar dos corazones y respirar esas entrañas que siempre compartirían, entrelazar sus vidas, latentes y pasionales para encontrar el infinito, tan personal como intransferible.