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EL RINCÓN DE BENEDETTI.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.

jueves, 14 de febrero de 2013

CASUALIDAD O DESTINO

Si aquel viernes, el despertador hubiera sonado a las 7,30 como cada día, Alma no hubiera perdido el tren de las 9'00, ni hubiera aparecido en la cita de uno de sus mejores clientes con el estómago vacío. Y Alma, sabía que necesitaba el olor del café cada mañana y esa tostada, para conseguir una total inspiración. Ésta fue la única razón por la que tuvo que pasar toda la tarde en el estudio, con la única compañía de un tentempié y la música, urdiendo frente a su pantalla, nuevas proposiciones que plantear el lunes a su cliente estrella. Así, el maldito despertador que se olvidó de sonar a su hora, fue el responsable de que ella estuviera en aquel salón de té, un viernes por la noche, despejando una mente abotargada y silenciando un estómago hambriento. Pensó que la mejor manera de captar de nuevo su inspiración y conseguir un trabajo impecable era romper con la rutina. Lo que mal empieza, no siempre mal acaba, pero sí de diferente manera. Desde aquel rincón, puede que demasiado recargado, con una música, para la ocasión, romántica en exceso, recogida en sus pensamientos y leyendo ese libro de poemas que siempre le acompañaba, Alma observaba a las gentes que envolvían el salón. Fantaseaba con vidas desconocidas e inventaba sus historias. Porque si algo le sobraba a Alma, era imaginación. La pareja del fondo, serían amantes nocturnos, sincerándose en sus citas secretas. El cuarteto masculino de la barra, presumía de las conquistas presentes y pasadas y recargaban pilas para un maratón de caza y capturas. La señora de manos perfectas en la mesa del centro, tras su maquillaje impecable, escondía sus miedos y frustraciones.Probablemente se llamaría Penélope y esperaría un amor que, a pesar de no regresar, de haber sido una quimera entre sus sábanas, envejecería con ella, junto a su soledad. Pero la pareja de la entrada, fue con la que más empatizó. Sus sienes plateadas, la curvatura de sus hombros y sus brazos enjutos, no correspondían al esplendor de sus rostros. La alegría que reflejaban sus sonrisas, delataban un último amor lleno de esperanza, o quizá toda una vida de comprensión y pasión. Sintió que cometía un sacrilegio, una intromisión a un momento tan íntimo y personal de dos enamorados, por lo que retiró su vista y su fantasía de aquella mesa y ojeó la estancia esperando encontrar nuevas inspiraciones. De repente, encontró otros ojos solitarios que le observan, penetrantes y acusadores. Y el vello se le erizó ante una mirada muy familiar, en un rostro casi irreconocible. Inconscientemente rememoró años casi olvidados, tiempos felices, sensuales, una época de metas que alcanzar y proyectos por realizar. Su mente retornó dos décadas para oír su voz y su risa, sentir su tacto y su aroma. Perdida en sus recuerdos, no se percató de que aquellos ojos grises se acercaban más y más, hasta que los sintió a su lado. En la vida, pocas veces protagonizamos una situación en la que las palabras no pueden expresar toda la carga emocional de una presencia, en las que un instante puede ser más intenso que toda una vida. Alma estaba viviendo y sintiendo aquella sensación. Su pasado explosionaba como un torbellino y le regalaba la juventud y la magia de entonces. El tiempo imparable y monótono, no había borrado el brillo de sus miradas y parecía que tantos años eran solo un ayer, que el futuro que entonces fue, se retomaba aquí y ahora. Alma le sonrió y él le regaló una caricia en su mejilla. Ni su cliente estrella, ni la propuesta del lunes eran su prioridad ese fin de semana. La vida tomó otro cariz y, la electricidad que atravesó todo su cuerpo, le hizo olvidar a las personas que habían compartido su vida y que ahora, carecían de importancia. El maldito despertador de la mañana, casualmente- o no - se convirtió en el despertador que cambiaría su destino, el que detuvo el tiempo lo suficiente, para reencontrarse con su sueño, con su asignatura pendiente y recordarla que existen segundas oportunidades. No existen reproches. No hay culpables. No se dejan notas de despedida. Tan sólo miradas que te impulsan al vacío sin red ni vértigos.