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EL RINCÓN DE BENEDETTI.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.

martes, 8 de noviembre de 2011

UN PÁLPITO

Aquellos últimos meses, la voz sonaba más fuerte que nunca, era casi constante.
Comenzó susurrando tal o cual cosa:"deberías marcharte de aquí"; "Cuidado con la escarcha"; "coge otro coche"....Frases absurdas, sin ningún sentido. No supo muy bien, en qué momento, a la voz le acompañó una inquietud. En alguna parte de sus pensamientos, los lamentos insistían sin sentido, frases cada vez más abstractas que impregnaban a la atmósfera de un misterio alarmante. No les escuchaba, tan solo les intuía, con recelo: "hay mucho dolor"; "cuidado con la mochila".En esos instantes rechazaba la idea de escuchar a su intuición. Casualidades que se apoderaban de una consciencia inflada como un globo de miedos, oscuras predicciones que tan solo existían en una imaginación desbordante.
La conversación con Adriana no le tranquilizó. Sí, era una gran profesional. Claro, que había tratado casos verdaderamente serios. Por supuesto que confiaba en su buen hacer y en su mejor escuchar. Los años en la facultad de Psicología en Oxford y su mención especial eran una inmejorable carta de presentación. Pero esta vez, su queridísima amiga, colega, su carpe diem, su paño de lágrimas no hizo desaparecer todos los recelos, ni entendió sus sospechas.
Recordó aquella noche. Agonizaban los últimos días de un invierno frío, devastador.A pesar de su muerte anunciada, recordaba su presencia con noches como ésta.
Frente a la chimenea, transcribió cada frase, nombre, número que memorizó. Escuchó el fuego, como si fuera un oráculo. Intentó concentrarse en su calor, en su contoneo, en su crujir. Ningún otro sonido, ni voces, solo permanecía aquella inquietud, una enfermiza necesidad por descubrir aquella algarabía de mensajes que no sabía cómo descifrar. No era inteligente, quizá algo resuelta, avispada, incluso intuitiva, pero ésto, se le escapaba a su entendimiento. Estaba fuera de toda posibilidad, imposible encontrar un sentido, un camino que le sacara del laberinto......

Recordará hasta el fín de sus días aquella mañana escarchada. Eran las 7.10 cuando abandonó el portal, las voces se entrecortaban,cruzó la calle y no las reconoció."dolor, mucho dolor". El primer escalón bajo tierra, no eran suyas las voces, otro peldaño, no eran sus expresiones. Llegó al andén y las voces inconexas,continuaban en su cabeza, llegaban de algún otro lugar y parecían no querer marcharse. El desconocimiento se tornó en inquietud y ésta en temor: "Solo tú podrás evitarlo"; "no entres". "Los números solitarios, los últimos serán los primeros" "Un oscuro pozo, no caigas"."el lugar del 4 es la clave". "llantos".
Debía escuchar aquel griterío comiéndole las entrañas o acabaría tirándose a las vías. De repente, las frases, ensordecedoras,perdiendo fuerza, como si se alejaran. Abrió los ojos y pensó: "Aquí y ahora,algo va a ocurrir". Se paralizó frente al coche, esperando lo peor. El sonido metálico de unas ruedas flirteando sobre hierros, acalló las voces. Dentro del vagón,observó una niña con sus coletas, sentada frente a una mochila que alguien olvidó. Las puertas se cerraron, su cuerpo inmóvil sintió el sonido del timbre y el tren comenzó alejarse, como a cámara lenta, vislumbró el número del coche; 4. Escuchó a una mujer que corría, aunque tarde, al tiempo que hablaba por el móvil;"Lo siento, de verás hija. Tendría que haber quedado contigo en la siguiente estación. Acabo de perder el tren. Sí, cógelo y nos vemos en la oficina. Hasta ahora, cielo".
Su corazón palpitó con más fuerza esperando que algo inesperado ocurriera todavía, pero nada ocurrió. Miró su reloj 7.33. Había perdido su tren, llegaría tarde a la oficina.
Despertó de su catarsis y esperó los 5 minutos que indicaba la pantalla electrónica que pasaría el siguiente comboy. ¡Qué estupidez! sonrió para sus adentros y respiró sacando desde lo más profundo todas sus inquietudes y sus miedos. Silencio en su mente, nada. Tenía una gran imaginación, sin lugar a dudas, debería haberse dedicado a escribir literatura barata. Un goteo de personas iban apareciendo en el andén hasta llenarse de gente. Mientras se perdía en sus pensamientos, también perdió la noción del tiempo, pero sin duda, sobrepasaba los 5 minutos de la pantalla. Miró de nuevo su reloj, 8.45. La hora punta abarrotó de bolsos intransferibles,caras soñolientas, trajes impacientes y móviles parlantes toda la estación. Se escuchó una voz en off;"Señores pasajeros: por avería, todos los recorridos de cercanías quedan cancelados. Una vez subsanada, reactivaremos el servicio a lo largo de la tarde. Autobuses interurbanas les conducirán a sus destinos. Disculpen las molestias".
¡Qué contrariedad! pensó. Ahora tardaría un siglo en llegar al trabajo, tendría que inventar una excusa razonable. El daño ya estaba hecho, de cualquier forma, no llegaría a su hora. Así que, compró el diario de la mañana y entró en la cafetería del barrio. Pidió un desayuno mientras leía las noticias. Todavía no había ojeado la portada cuando comenzó a escuchar sirenas de ambulancia y un par de coches de policía recorriendo vertiginosamente la avenida. "Tan temprano y ya ha habido algún accidente, la gente va como loca, "Pensó sin inmutarse demasiado.
Saboreó el primer sorbo de un oloroso café, de fondo, el replicante sonido de bocinas del SAMUR, escuchó una voz que reconoció de antes, era la mujer que perdió el tren, hablaba de nuevo con el móvil: ¿Sabes si tu hermana ha llegado ya a Atocha?, Cuando hablé con ella, estaba esperando en el pozo, y ahora no me contesta.
Una rutinaria conversación entre una madre y un hijo que no le impidió comenzar a leer, si no fuera por la palabra, el pozo. Sintió un pequeño escalofrío pero,no quiso rememorar la angustia y se dispuso a destripar el periódico, como siempre, por los titulares. En la esquina superior, la fecha....
11 de Marzo del 2004.

martes, 1 de noviembre de 2011

LA FUERZA DEL CARIÑO


LA FUERZA DEL CARIÑO

Se despertó sobresaltado, como si una piedra le oprimiera la boca del estómago. Sintió escalofríos y se acurrucó en su cama, fría y solitaria como él.
A través del ventanal, vislumbraba una luna llena entre las ramas más altas del viejo sauce. Incluso el nombre del inmenso árbol formaba parte de su desgracia.
El sauce llorón, con sus ramas alicaídas, desganadas, sin fuerzas para erguirse hacia el cielo, era una estampa de todos los acontecimientos sufridos esos últimos meses.
Estaba desbordado por la impotencia, agotado de tantos lamentos, incapaz de evitar el llanto. Apretó con sus manos las sienes para expulsar todos aquellos recuerdos, cerró los ojos. Intentó vaciar sus pensamientos,deshacerse de ellos como quien se despoja de un abrigo ajado y roto. Tenía que encontrar una salida pronto o su vida se marchitaría sin remedio.
Entonces fue cuando escuchó aquella melodía, suave, penetrante. Sentado en su cama, agudizó sus sentidos. Las ramas del viejo sauce se balanceaban sobre su férreo tronco, sus extremos intentaba estilizarse, como tocando las estrellas. Extendió su mirada al cielo y probó visualizar aquella luz blanca mucho más allá de su mente. Percibió su respiración, primero de una manera pausada, sintió los latidos del corazón cada vez más acompasados, escuchó el aire entrando y saliendo de su cuerpo. Las lágrimas, descendiendo por sus mejillas, como gotas de rocío, empezaron a congelarse al tiempo que su aliento se volvía denso, helado. Tenía la sensación de ser etéreo, tan ligero que se volatilizó. Tan solo intuía su cuerpo. Percibía su respiración, metódicamente acompasada, cada vez más intensa hasta convertirse en un estruendoso sonido de cascadas. Era la gota de rocío que escapó de su mejilla gélida para filtrarse entre aquellas infinitas gotas y saltar al vacío sin miedo a romperse.
Ahora su inmensa fuerza palpitaba en las invisibles entrañas de todo su ser. Conectado con el centro de la tierra y todos sus seres microscópicos, se propulsaba a la constelación más alejada, a un macrouniverso de colores infinitos, deslumbrantes. En su caída libre vivió la inmensidad de formar parte de un todo. Sin extremos, ni límites. Exclusivamente luz, sin tinieblas. En ese instante, en una milésima de segundo comprendió la inmensidad del que regala lo intangible, conoció el valor de la paz, supo que no hay daños colaterales, tan solo autocompasión. Rompió la cadena que le anclaba a un destino que no le correspondía, equilibró su flujo natural y aceptó el más preciado de los tesoros. Extendió su alma y se transformó en energía............


Se despertó sobresaltado. El sauce llorón se mecía al compás del viento. La luna llena iluminaba la habitación con sus destellos plateados. Solo, en la cama, intentó levantarse pero su cuerpo no le respondía, palpó su cabeza y no la encontró, buscó sus manos pero no estaban. Escuchó de nuevo aquella melodía. No era una melodía, era un sollozo, muy apagado, atormentado y fue entonces cuando percibió su olor, vio sus manos, reconoció su cuerpo y sintió su abrazo. Pero abrazaba una almohada vacía, acariciaba unas sábanas deshabitadas, se empapaba con sus lágrimas ahogadas.
De repente recobró escenas, imágenes. Aquel terrible dolor de cabeza, el ruido del parabrisas abriéndose paso entre miles de gotas de lluvia que no le permitían ver más allá del capó. Sintió sus pupilas dilatadas intentando visualizar la carretera, advirtió su respiración fuerte, sus manos oprimiendo el volante, concentrado en lo que vislumbraría tras la densa niebla. Y aquella luz cegadora apareció del vacío, como salida de las tinieblas. Sin previo aviso escuchó la bocina ensordecedora, siguió el chirrido de las ruedas y aquella presión de cristales rotos en su cara y en su cuerpo.
Sobresaltado reconoció su auténtico ser. Su esencia, camuflada en su aliento glacial, expulsado de aquellos labios carnosos y perfectos que tantas veces besó. Intentó abrazarla como lo hacía durante interminables noches de amor. Percibió su soledad y sus miedos, pero ella no podía oír su voz, ni sentir el calor de sus abrazos, ni la pasión de su entrega. Cómo decirla que todas aquellas sensaciones le ayudaron a volar, a encontrar la luz, cómo expresar la gratitud, la esperanza. En ese instante, la luna se coló en la habitación, penetró entre las sábanas y su áurea se reflejó en el espejo. Ella acarició su vientre abombado, turgente y sintió su energía, su presencia y supo que siempre permanecería en cada poro de su alma. Una sonrisa dibujó su cara, la esperanza se reflejó en sus ojos y esta vez él comprendió. Volvió a conectarse con la auténtica naturaleza de la tierra y las inmensidades de los cielos. Fue en ese instante cuando olvidó quien fue para sentir la fuerza de ese amor infinito. Y sintió la entrega de dar sin esperar recibir, aquella que le convirtió en un ser volátil e inmortal buceando en sus nuevas entrañas para volver a ser.