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EL RINCÓN DE BENEDETTI.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.

lunes, 27 de diciembre de 2010

DESDICHADA NAVIDAD CAPÍTULO 2

La cruda verdad es que, esa vetusta figura, deambulaba entre el bullicio para poder olvidar sus tristes recuerdos. La única certeza del color rojo era el intenso frio de la noche sobre su entumecida cara y sus agarrotadas manos y el exclusivo color blanco era el reflejo de un cabello, cada vez más canoso. Su lento caminar callejeaba con los pies bien aferrados a la tierra, sin más compañía que su sombra reflejada en los espejos.

La niebla, como sus recuerdos, se había disipado abriéndose a la claridad de la engalanada ciudad, cada vez más deshabitada. Solo quedaban los rezagados a mesa puesta y algún comerciante apurando sus últimas ventas. El reloj se acercaba a las 10 de la “Noche Buena”, para él, noche solitaria. Noche de melancólicas horas, interminables minutos y segundos en los que la alegría de otros le transportaba a tiempos más felices.

Aquella taciturna noche ralentizó sus pasos que no le llevaban a ninguna parte, en una avenida vacía de ilusiones, tan solo el sonido de sus desbaratados zapatos le acompañarían en su desesperación.

Al paso de su lento transitar, se preguntaba cómo se perdieron las cenas familiares, cuándo se olvidaron los prósperos deseos para el año nuevo, dónde se desvaneció el calor del hogar. Él sabía la respuesta a cada una de esas cuestiones, pero de nada servía echar la vista atrás.

Esta noche, cada esquina de su casa permanecería cerrada para no escuchar las risas, ni percibir el olor a tomillo y albahaca de la cocina de antaño. No quería llegar a una casa sin centros de mesa, ni árboles de navidad. Se negaba a sentarse frente al televisor escuchando el alboroto de otros. Ni quería llorar de impotencia. Ni escuchar el eco de su silencio. Esta vez no brindaría en compañía de nadie, por una nueva y desdichada Navidad, ni elevaría una desolada copa de plástico por otro malogrado año repleto de instantes infelices.

Remolcando sus extenuados pies, atados a su alma junto a un corazón roto en mil pedazos, se perdió en la ciudad, impertérrita. Tras las puertas entornadas de los cafés, continuó su periplo de idas y venidas a ninguna parte. Este devenir sin otro sentido que esperar, paciente, el tránsito de la Noche más triste del año a una mañana de Navidad menos dolorosa, le condujo hasta su primer milagro. No sería un gran milagro con apariciones y cánticos, sino más bien un reflejo de esperanza en su opaca existencia.

Un tenue resplandor encauzó su mirada hacia un edificio. En el umbral de la entrada vislumbró un letrero y su luz, minúscula y tenue, fue suficiente para iluminar esa noche sin estrellas : “Cena de Noche Buena. Todos sois bienvenidos. FELIZ NAVIDAD”. Observó la cara más amable del día, al solaparse con muchos solitarios que esperaban, rígidos, sumidos en sus recuerdos, acceder a un lugar donde eran bienvenidos. Intercambió miradas con otros como él, almas perdidas sin más compañía que sus enseres atesorados a la espalda, luchando por conservar, todavía, un grado de sensatez y de dignidad.

Sus parlantes miradas relataban trágicas historias y la compañía de nuevos rostros de la pobreza se advertía en sus expresiones. Como el magnético canto de sirenas, la melancolía les llevó a todos ellos al mismo lugar. Los vulnerables aspectos engrosaban sus penurias y sus calamidades, compartiendo historias inacabadas de adicciones, tragedias sin comedias, noches sin días.

LLegó su turno y se topó con una gran estancia, invadida de alegría y esperanza. Estufas para calentar su cuerpos y sus almas, una larga mesa engalanada con manteles floreados para la ocasión. Caras alegres sobre cuerpos escuálidos. Sonido de cubiertos vaciando platos de porcelana. Bancos donde compartir tristezas y murmullos de conversaciones. En una esquina del gran salón, un enorme árbol de Navidad frente a un belén con luces intermitentes regocijó sus almas y una vaporosa melodía navideña inundó la estancia de esperanza.

Aquel anciano se emocionó al descubrir que la vida estaba repleta de intensos momentos, pequeños milagros que le hacían recuperar la fe en los seres humanos. Hombres y mujeres de buena voluntad, personas sencillas con otro espíritu navideño, que malgastaban, para una mayoría, aquella noche familiar, con los erróneamente conocidos “sin techo”.. Durante un breve espacio de tiempo, proporcionaban a tantas almas enfermas , el calor de hogar, el amor y la misericordia que tanto necesitaban para sanar sus voluntades. Ángeles sin alas que obraban el mas tierno de los milagros , el más sencillo y menos prodigado, recrear una escena navideña, que entre risas y cantos, apaciguaban sus tristezas, acompañaban sus soledades y amortiguaban sus miedos.

El protagonista de nuestra historia, trás entibiar su cuerpo extenuado al calor de las estufas y disfrutar de la velada más solidaria, se sentía menos solitario porque reconocía los pequeños presentes que la vida le regalaba. Entre charlas inconexas y cantos navideños, la reunión llegaba a su fín con despedidas y agradecimientos emocionados. Nuestro protagonista se dispuso a retomar su solitario viaje y a combatir las bajas temperaturas con la única protección de su empobrecido gabán . Con el cuerpo más caliente y el estómago menos vacío sintió sus pasos erguidos, a pesar de los primeros copos de nieve deslizándose por su desabrigado cuerpo.

Entre los setos vacíos y calles sin nadie, rememoraba esa noche inesperada y agradable, cuando oyó algo parecido a un quejido. Se detuvo para localizar la causa de aquel sonido, pero solo localizó unos contenedores de basura. Agudizó el oído sin escuchar nada.

Se disponía a continuar su camino, pero esta vez el gemido fue más nítido. Provenía del otro lado de la calle, se acercó con sigilo y, sobre uno de las bolsas de basura, junto a los naufragios de la cena más mágica del año, descubrió una mochila. La curiosidad por saber lo que allí habían abandonado se transformó en sorpresa mayúscula al tropezar sus manos con un cachorro escuálido y mojado. En sus ojos asustados, sus orejas dobladas y todo su cuerpo de algodón temblabando sin parar se apreciaba la última lucha por la vida, esperando un certero y triste final. El anciano se conmovió de esa criatura inocente y se preguntó si quizás, el universo había obrado un segundo milagro. Aquel regalo no apareció a los pies de ningún árbol adornado con bolas de cristal, pero quizás se lo enviaba ese cielo, en esta madrugada, plagado de estrellas. Se miraron a los ojos, reconociendo la esencia de la vida, advirtiendo un atisbo de felicidad y compañía en esa cómplices miradas, unas humanas, otras caninas.

Recordó la otra cara de la moneda, la dualidad del yin y el yang, las fuerzas vitales de toda vida humana, tan opuestas y complementarias a la vez. Negligencia frente a Protección, irresponsabilidad y compromiso, maldad contra nobleza. Gentes sin corazón, que no respetan noches buenas ni noches malas, capaces de abandonar a seres indefensos, de aniquilar sueños y promesas. Pero es más poderoso la fuerza del bien, la naturaleza compasiva de tantos otros con bolsillos vacios y corazones henchidos de bondad. Y de repente, la noche se transformó en día, la frialdad en calidez, la muerte en vida. Lo comprendió cuando aferró al peluche vivo contra su pecho. Sintió una parte de aquel animal dentro de él, como su complementario, era una insignificante semilla de esperanza enterrada en las entrañas del crudo invierno pero que renacía llena de vida entre copos de nieve, a 5 grados bajo cero.

Y el vagabundo cachorro dejó de serlo. Desde ese momento tuvo un nombre y un dueño y el hombre ya nunca más mendigaría cariños y susurros de voces. Sintió el calor de otro cuerpo y el gratificante sentimiento de salvar una vida, el convecimiento de una sincera amistad, el hallazgo de un amigo leal. ¡Qué poco se necesita para ser feliz!. Aquel animal olisqueaba y lamía su cara demostrando toda su gratitud y él le correspondía con caricias y ternura. Ambos sonreían y les invadía un sentimiento de felicidad. El afecto de dar sin recibir nada a cambio, la ternura del amor que con amor se paga.

Con el perro abrigado entre sus ropas, el anciano resucitaba a la vida. Sus ojos brillaban con el centelleo que aporta la creencia en un futuro. Su caminar, vigoroso, mostraba el deseo de volver a casa para reconstruir un nuevo hogar, Ahora tenía un lomo que acariciar, el sonido de unos ladridos mientras se adormecía en su viejo sillón, la percepción de un cuerpecito caliente a los pies de su cama e interminables paseos con su leal amigo.

El camino le pareció eterno. Lo primero que hizo al entrar, es reencontrar un hogar donde hacía unas horas había una casa vacia de sueños. Compartió una leche muy caliente con su recién estrenado amigo. Mientras observaba la voracidad con la que se bebía el cuenco de leche, fue consciente que alguien dependía de sus cuidados. Ahora tenía una razón para seguir luchando. Y como no hay dos sin tres, se produjo el tercer pequeño milagro que cambió la vida de nuestro personaje para siempre iliminando cada esquina de su alma.

Con el cachorro dormido plácidamente en sus brazos, se dirigió a su habitación y al tiempo que acomodaba a su amigo entre sus almohadas, fue guardando una a una, las 34 patillas de sedantes que la tarde anterior preparó para sumirse en un sueño letal y eterno. Sintió la energía fluyendo por todo su cuerpo que surcaba unos cielos de renovadas brisas y olvidaba su miserable vida de ayer.

Los luz del amanecer iluminó la habitación. Despertaba la madrugada de Navidad y con sus primeros rayos, nacían dos nuevas vidas que, como el ave Fénix, resurgían de sus cenizas.

Mañana, el hombre de antiguos prestigios y capacidades, despertaría con la misma incertidumbre, igual escasez pero distinta actitud y como la fe mueve montañas, este relato no es el final, sino el principio de una nueva vida, un desconocido camino hacia un mañana en el cual, la única realidad es el milagro del sol brillando por encima de las tinieblas, visualizando un universo infinito y mágico, abarrotando un mañana de esperanza, ilusiones y alegría.

DESDICHADA NAVIDAD

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!


No todos los cuentos comienzan con: “Erase una vez….” Ni tampoco finalizan como: “fueron felices y comieron perdices”.

En el nudo de estos relatos no aparecen princesas desamparadas, no existen príncipes valientes, las brujas no realizan hechizos ni las hadas convierten a cenicientas en maravillosas mujeres capaces de enamorar a ricos y guapísimos herederos de reinos mágicos.

La trama de estos singulares cuentos nunca lo protagonizan personajes que, mediante encantamientos o conjuros viven historias fantásticas.

Y en el desenlace de estas pequeñas historias nunca se gana el derecho a convertirse en héroe, ni a llevarse ovaciones y laureles.

Estos cuentos nunca finalizan compartiendo una vida de felicidad, por siempre jamás, con la más bella del cuento.

Los cuentos a los que yo me refiero, son más perecederos, incluso en Navidad, o más bien y sobre todo, en Navidad…….

DESDICHADA NAVIDAD

Llegó el 24 de Diciembre, una tarde tan fría, tan nubosa que confería al ambiente navideño, un aire fantasmal. A pesar de todo, cerró la puerta de su casa vacía, para deambular entre la nebulosa de la urbe. No sin esfuerzo vislumbró las luces de las farolas y sus colores iluminando la calle y siguió el resquicio luminoso como el camino que llevó a los hermanos del cuento hasta la falsa casa de chocolate.

La caída de la tarde, escondía la tenue luz del sol. Las densas nubes humedecían sus cansados huesos. El frío que entraba por los tamizados agujeros de sus zapatos, antaño lustrosos, agarrotaban sus gélidos pies, húmedos, fríos, que se arrastraban sobre la acera de escarcha, encorvando su derrotado caminar. Le gustaba camuflarse bajo su sombrero borsalino. Le recordaba un pasado de prestigio profesional, un extenso ropero, trajes impecables a juego con elegantes sombreros que otorgaban a su aspecto un toque misterioso de “capo di mafia”.

Ahora, solo quedaba aquel modelo, de un negro deslucido y ajado por el paso del tiempo. El cuello de su zurcido gabán, último superviviente de su perdida juventud, estaba levantado hasta sus orejas para evitar, sin demasiado éxito, las bajas temperaturas. Toda esta indumentaria envejecida pero orgullosamente cuidada, dotaba al personaje de un cierto aire cadavérico que incitaba a los transeúntes a cambiarse de acera.

Ni una sola alma con las que se cruzó, llegó a preguntarse la causa de aquel desfallecido caminar.
La buena voluntad de la gente, en estos días, parecía olvidarse entre villancicos y panderetas. En estos tiempos, la esencia de la Navidad no era compartir sentimientos de alegrías y agradecimientos, ni enaltecer la compasión hacia los más necesitados. La realidad de estas fiestas no era más que un periplo y lujurioso reparto de regalos, que mantenían a cada viandante sumido en pensamientos mucho más productivos y bastante menos caritativos.

Nunca pidió ayuda, su orgullo venció siempre a su estómago, pero su soledad y su aislamiento no eran voluntarios. Sembró durante toda su vida semillas de amor y comprensión, leal a los suyos y un ejemplo de lucha y esfuerzo. Pero no siempre una buena siembra supone una óptima cosecha. Desgraciadamente, hay excepciones que confirman la regla y vendimias agrias y frutos amargos. A él “le tocó el gordo” , a pesar de su modélica siembra, recogió tempestades.

A través de la solapa de su marchitado abrigo que débilmente protegía su cara del congelado ambiente, escuchaba la escandalera de los niños, esos pequeños dragones gélidos, bien alimentados, bien abrigados, expulsando vapor helado por sus bocas e impregnando el ambiente con una algarabía de canciones y juegos. Entre la niebla y bajo el ala de su sombrero de época, pudo vislumbrar la escena que acaecía en la siguiente esquina.

Protegidos tras un recodo, dos adolescentes musitaban frases apasionadas, se regalaban sus primeros abrazos, caricias preliminares, incontrolados deseos aquí y ahora, donde el mañana no es importante.

En la siguiente esquina, y a pesar de su entumecida nariz, pudo percibir el perfume del recién nacido y olfatear a madres contagiadas con la imaginación de sus retoños contemplando escaparates, imaginando poseer una interminable retahíla de juguetes parlantes y andarines, formatos electrónicos y consolas con nombres anglosajones de los que ni siquiera conocían su significado.

La nostálgica sonrisa dibujada en su cara, rememoró inviernos perdidos entre sus recuerdos, en los que él vivió esas vidas, sintió esos arrebatos y percibió aquel olor a hogar.

Y en este tiempo de adviento, aquel hombre, triste y solitario, se mezclaba con las generaciones de grandes y pequeños, para formar parte de sus vidas. Disfrutaba con las hermosas decoraciones de los expositores navideños que mostraban sus mejores galas para hipnotizar los deseos y embaucar a los bolsillos. En su caso, solo le atraía el aire invernal que estremecía su cuerpo mal alimentado y peor abrigado para devolverle a su realidad. Una realidad en la que, no existía ningún anciano de canosa barba, vestido de rojo. En la que nadie tiraba de ningún trineo volador, ni compartía cielos con mágicos renos de narices rojas regalando alegrías y sueños imposibles.

CONTINUARÁ........

viernes, 10 de diciembre de 2010

EL ÁRBOL DE MI VIDA

Hoy me entremezclo entre la maraña del tiempo que quedó atrás, el que comparto ahora y el que intuyo que encontraré en futuras etapas, no tan lejanas.
Entre tanto revoltijo de idas y venidas, de llantos y risas, de silenciosos gritos, de lamentos taciturnos, felicidad, desgracias, impotencias, calamidades, esperanzas, calumnias, reproches, indultos y sentimientos infinitos. Entre todo lo que me guarece del frío y me resguarda del calor, emerge una llama eterna, embalaje de mis únicos y verdaderos recuerdos, los que están, los que pasaron y los que, sin duda alguna, volverán.

Imponente y pétreo, llena mi espacio y da sentido a mi existencia. El árbol de mi vida, tres exclusivas ramas, fuertes, perennes, inalterables que florecen en la tundra más gélida y en el desierto más árido. Brotes que geminan incontrolados como el maná, surgen de la nada, desde lo más profundo del alma. Un árbol incunable, de hojas frescas y flores perfumadas, impregnado de savia nueva en el tiempo y en el espacio. Una sombra infinita donde cobijarme, en la cual conjurar mis despertares y transportar mis sueños hasta lugares que iluminan con luz y color aquello que siempre existió en tinieblas.


Y que poco sabe el árbol y sus tres ramas de su carisma, de su casta, de su magia y de sus milagros.


Que no daría yo por acompañarte hasta lo más profundo de tu ser y enseñarte lo que yo veo.
Una personalidad altiva y orgullosa, independiente, sabiendo lo que quiere, aunque tenga miedo de encontrarlo.
Solitaria y silenciosa, a la vez que sociable y ruidosa.
Llena de energía, aventurera, amiga de sus amigos, valiente, independiente.
Intuitiva para todos excepto para si misma, luchadora, defensora de causas perdidas.


Para que no te olvides, solo a tí, te regalo mi coctel preferido: Tres cuartas partes de corazón, una de madurez, agitado con pequeñas y controladas dosis de ingenua inocencia, endulzado con abundantes porciones de risas e ingenio. Y el toque final que le convierte en una receta única y especialísima, una rodaja de naturalidad y de control aparente pero nunca completo.
¿El secreto? Una vez que el brevaje es ingerido con mucha ternura y total confianza, aparece entre la nebulosa de la borrachera, un hombre-niño, sin coraza, todo naturalidad y esperanza, ése, que algunos creyeron perder. Quizás, descubras la fuerza en tus manos para cambiar cualquier circunstancia y acontecimiento de tu vida, entonces comprenderás que solo necesitas sentir desde lo más profundo de tu corazón para que tus pensamientos sean tus realidades.

Al fín, he tenido un sueño.
Hoy, en mi sueño, tu vida estaba llena de esperanza, tu mirada siempre hacia el infinito y el regalo constante de tu sonrisa.
Hoy, he vislumbrado una vida repleta de humanidad y carente de egoismo.
Un sueño, en el que vivía en un universo poderoso de cuerpo y espíritu, multicultural, donde no importan los colores, ni las religiones, ni tampoco los ideales.
Un mundo, con un solo espíritu, una única esperanza, donde el mayor éxito son las personas limpias de corazón.
En mi sueño, tu mirada, serena, pletórica, me mostraba un lugar sin envidias, ni avaricias.
Una tierra sin ricos ni tampoco pobres,una única raza, donde cada uno mantiene su singularidad.
Hoy, he soñado contigo y con tu guitarra, he visto unos dedos rápidos y ágiles componiendo la música más especial que puedas imaginar.
Hoy, en mi sueño, veía a un constructor de altos vuelos, creando e imaginando un cielo más azul....


Un árbol encantado, abarrotado de sortilegios en cada rama que convierten mi vida en mágica.

Desde lo más profundo de un alma en erupción, quisiera deciros tantas cosas.....

Pero solo diré, gracias, por sentirme viva cuando os presiento cerca,

por disfrutar con vuestra conversación,

por permitirme curiosear en vuestros corazones, descubriendo todo un mundo de coraje y creatividaad,

por poseer esa llama dentro de las entrañas que me mantiene llena de energía y hace que merezca la pena vivir y luchar.

Emocionantes, los primeros frutos de mi árbol.

Felicidades por ésto y aquello y por tantos otros momentos que nos quedan por compartir.

VIDEOCLIP




"DECISIÓN.CORTOMETRAJE"



"TEASER EXTINCIÓN"